Manuel no pudo morder el solomillo en la boda de su hija
Manuel tiene 62 años. Albañil jubilado de Carmona. Tres muelas perdidas en los últimos diez años, dos puentes mal hechos, masticando todo de la izquierda.
Boda de su hija mayor. Restaurante de los buenos en Sevilla capital. El camarero le pone delante un solomillo Wellington con setas. Manuel lo mira. Mira a su mujer. Mira el plato. Saca el cuchillo y empieza a hacer trocitos minúsculos, casi a triturar la carne. Le tiembla un poco la mano. Sus dos vecinos de mesa se cruzan una mirada sin decir nada.
"Manolo, ¿estás bien?"
Él dice "sí, sí, tranquila". Pero no está bien. Está calculando con qué piezas le quedan en condiciones para no atragantarse delante de 80 invitados. Le pasa el plato a su mujer disimuladamente: "cómete tú las setas".
La hija pasa cerca, lo ve, le sonríe. Después, en la barra, le pregunta a su madre: "mamá, ¿papá está bien?".
Esa noche Manuel tomó una decisión.
No fue a Sevilla. Fue a una clínica de su pueblo. Cuatro meses después, en la boda de un primo, comió jamón ibérico cortado del taco entero, costillas a la brasa con las manos y fruta sin pelar. En la foto de grupo se ríe a carcajada limpia con la boca abierta.
Su mujer guarda esa foto en la mesilla.